Ayer me atreví a salir
con expectativas.
Una fiesta, la noche, la luna.
Sombrillas, hotel, terraza.
Cócteles, sonrisas, miradas.
... Y yo superarreglada.
Estrenando zapatos.
Pero no podía evitar
sentir esa sensación
de herrumbre bajo la piel
de desguace sobre el pecho
de óxido en las palabras.
Y qué daño en los pies,
de pronto.
Un espontáneo se me acerca
y me requiebra... "Qué guapa eres",
dice, y yo me asombro
de que no se percate
del moho y del polvo
cenizo amarillento
por momentos rojizo
que cubre mi persona.
Y me presentan a otro.
Me duelen mucho los pies.
Definitivamente
me hacen polvo los zapatos.
Soy un manojo de dudas.
Sonrío, temblorosa.
Me atrevo a mirarle a los ojos,
él es arrollador, franco.
Adoro su pelo blanco.
Qué tengo que decir,
no puedo competir
estoy con él pero lejos.
Ya me alejo, frente a él.
Sigue hablando
cada vez más animado.
Otro que no ve la herrumbre.
Pero este sigue charlando
y poco a poco derrite
mi córtex y mis neuronas.
¡Me interesa lo que dice!
Añoro esa sensación
de seducción varonil.
Química intelectual
¡y por fuera está genial!
Me tiene tonta perdida.
Y ya no siento los pies.
Por lo visto no me duelen.
¡Adiós, mis pies doloridos!
"Me gusta tu bronceado",
dice, y podréis comprender
que yo babee.
¡Estoy blanca como la leche!
Me emociona
este despliegue de magia.
Convierte mi alma oxidada
en piel por el sol tostada
y con su conversación
me quita el dolor de pies.
Sin duda es el elegido.
¡Él es el que yo esperaba!